La droga en el Antiguo Egipto

CASAL ARETXABALETA, B  del

 

La mandr�gora hizo su aparici�n en Egipto durante el reinado, en solitario, de Tutmosis III. Con ella, se introdujeron una serie de animales y plantas ex�ticos llegados a Tebas como parte del bot�n de sus triunfales campa�as guerreras en Siria, y debieron ser considerados trofeos importantes ya que el rey mand� representarlos en los relieves que adornan la ampliaci�n que realiz� en el templo de Karnak, y as� fueron ofrecidos al dios Amon con una dedicatoria tan hermosa como esta �A�o 25 del rey del Alto y Bajo Egipto Men-kheper-re, que viva para siempre. Plantas que Su Majestad ha encontrado en el Pa�s de Retenu... Todas las plantas extra�as, todas las flores que hay en la Tierra de los dioses, que fueron encontradas cuando Su Majestad fue al Alto Retenu para subyugar a todos los pa�ses, seg�n el mandamiento de su padre Amon, que las puso bajo sus sandalias, desde este d�a y por millones de a�os..." (BLANCO FREIJEIRO, 1989 31-32). �Su Majestad hizo para �l (el dios) un jard�n con �rboles agradables, para que se pudiesen ofrecer al dios plantas ex�ticas cada d�a�, y en otra inscripci�n, Tutmosis III recomienda a los sacerdotes encargados de su culto funerario �... (cuidad) los monumentos que he construido, poned vestidos de lino a mis estatuas; servidles frutos, porque he consagrado un nuevo jard�n..." (PIJO�N, 1932 258-259).

Posiblemente, el efecto alucin�geno de la mandr�gora era conocido por los habitantes sometidos de la zona sirio-palestina y por ellos transmitido al ej�rcito triunfador, dando a Tutmosis III la oportunidad de utilizarlos como potenciadores del ansiado trance m�stico, el cual, sirvi�ndose de sus propiedades narc�ticas, llegara a considerar la planta como un puente ps�quico entre el mundo tangible y el reino de Osiris, alcanzando momentos de alto misticismo en cultos muy determinados. Como quiera que se desarrollase el proceso, lo que s� sabemos es que Tutmosis III ofreci� la mandr�gora al dios Amon y tambi�n la reclam� como ofrenda para s� mismo por toda la Eternidad.

De entre las piezas procedentes del templo funerario de Tutmosis III (encontradas en 1964 y conservadas en el Museo de Luxor), la cabeza de estatua de granito fragmentada y un relieve policromado, nos muestran al rey vivo con las pupilas huidizas bajo el p�rpado superior, evidente prueba de midriasis que le delata como consumidor puntual del fruto alucin�geno.

Profundizando en el motivo que pudo llevar a aquella persona refinada a consumir unas bayas repelentes, adem�s de peligrosas, encontramos la respuesta en el muro Este de la tumba de Sennedjem (TT n� 1), pintado unos 130 a�os despu�s de la introducci�n de la mandr�gora en Egipto.

F. VI

Plantas que componen el z�calo de la tumba de Sennedjem.

 

 

Siguiendo la decoraci�n de arriba a abajo, en el registro inferior est� la clave del tema que nos ocupa. En �l, se pint� una hilera de once plantas, compuesta por tres variedades que se repiten siempre en el mismo orden. Empezando de izquierda a derecha, observamos mandr�gora, aciano o azulejo (Centaurea depressa) y adormidera (Papaver somniferum), sobre las dos �ltimas trataremos m�s adelante.

Recordando que el color tuvo un significado simb�lico muy importante en el Antiguo Egipto, revisemos los empleados en pintura del citado registro.

AMARILLO, bayas de mandr�gora = el oro la carne de los dioses.

VERDE, tallos y hojas = renovaci�n de la naturaleza el color de Osiris y de la Resurrecci�n.

AZUL, flores de azulejo o aciano = el Nun el agua primigenia y vivificante.

ROJO, flores de adormidera = la fuerza el disco solar, el desierto.

El orden en la secuencia se corresponden exactamente con el empleado en las orlas de casetones rectangulares usadas por los egipcios desde el Imperio Antiguo (mastaba de Ti, Sakkara. 2500 a. C.). En el Imperio Nuevo, para enmarcar las escenas de relaci�n de los hombres con los dioses y el M�s All� se usa el mismo patr�n, siendo los colores los que sufren una modificacion se incluye el amarillo, representando el color del fruto de la mandr�gora.

Por tanto, hay que considerar de alto significado m�stico el friso pintado en la tumba de Sennedjem y, por la similitud con la citada orla, una demostraci�n de la verdadera simbolog�a contenida en �l, destinada a conseguir beneficios de car�cter espiritual y ajena por completo a un capricho est�tico o a una representaci�n paisaj�stica.

F. VII

Cenefa ornamental de casetones.

El seguimiento de la manzanita narc�tica, o el efecto midri�tico producido por su uso en las miradas, pone de manifiesto su curiosa y paulatina trayectoria descendente a las siguientes capas sociales.

Un somero repaso de las tumbas reales y privadas del Imperio Nuevo indica que, cuando la mandr�gora entr� en Egipto, su uso estuvo reservado a Menkheperre, ya que ni el dorado fruto ni sus efectos �pticos son visibles en ninguna tumba nobiliaria del periodo de Tutmosis III.

Con la llegada al trono de su hijo Amenofis II se rompe la exclusiva real, porque en la decoraci�n de un pilar de la tumba privada de su alto funcionario, el alcalde de Tebas, Sennefer (TT n� 69b), las bayas t�xicas aparecen insertadas en el ramo que el titular sujeta en la mano. Puede que el motivo de una concesi�n tan especial fuera la amistad personal que uni�, desde la infancia, a este hombre con el rey .

Durante los reinados de Tutmosis IV y Amenofis III se generaliza su uso entre la nobleza, con los ejemplos que vimos al principio (Nakht, Menna, Nebamon, etc.), sin que los reyes abandonen la costumbre, constancia que queda en los ojos de todas las tumbas reales o, como en el caso de Akhenaton, en los m�ltiples retratos que de �l hay repartidos por varios museos del Mundo.

 

La midriasis real se mantiene en las dinast�as XVIII y XIX, llegando hasta el final de la XX, como se puede comprobar en la tumba de Ramses IX. Podemos seguir la evoluci�n del consumo de esta planta a trav�s de las miradas exc�ntricas y, por citar algunos casos curiosos, volvemos a los hipogeos de Nebamon (panel con pinturas, n� 37976. British Museum) y Menna (escena de trilla de su tumba, TT n� 69), para encontrar la anomal�a ocular en los bueyes, que tambi�n es patente en los ojos de las pinturas que representan a la reina Nefertari y a los dioses que la acompa�an en su tumba (QV 66).

F. VIII

Midriasis de Nefertari.

 

Con las tumbas de Nefertari, Sennedjem y el templo de Seti I, en Abidos, entramos de lleno en la dinast�a XIX, comprobando que �sta hereda los h�bitos de la XVIII.

La decoraci�n de los collares de los ata�des pertenecientes a los sacerdotes tebanos Amenemhat (piezas 15.216-15.218. Museo Arqueol�gico Nacional de Madrid), Denytenamon (British Museum) y la diadema del f�retro antropomorfo femenino, tambi�n descubierto en Tebas (pieza n� 52004. Museo de El Cairo), delata la presencia de bayas de mandr�gora en los adornos funerarios de la dinast�a XXI; el ata�d de Pasenhor (British Museum) indica que durante la dinast�a XXII no se hab�a abandonado la costumbre de incluir estos frutos en la extensa simbolog�a recogida en los f�retros.

Es m�s, saliendo del �mbito puramente egipcio, la influencia del estilo de la dinast�a XXVI (664-525 a. C.) se refleja en las mandr�goras que forman parte del collar que adorna el torso masculino de una escultura de origen chipriota (Siglo VI a. C., pieza n� 2624. Museo Arqueol�gico Nacional de Madrid).

De �poca m�s reciente son los pol�micos relieves esculpidos en las criptas del templo de Denderah , donde aparecen unas formas ovoides, conocidas vulgarmente por bombillas o berenjenas, de dif�cil identificaci�n. La �ltima definici�n, berenjenas, vuelve a sugerir la presencia de las solan�ceas, pero no exactamente esta variedad alimenticia, sino m�s bien cualquiera de los ejemplares de alto contenido en alcaloides. La forma oval saliendo de un c�liz es com�n a diversas bayas de la misma familia, pero en el caso de Denderah, el fruto est� interiormente recorrido por una serpiente, antiqu�simo s�mbolo oriental de la Sabidur�a heredado por las culturas cl�sicas bajo cuya influencia se decor� este templo, aludiendo al estado visionario producido por los alcaloides contenidos en la baya.

El resto de los elementos que aparecen asociados a las dos formas ovoides no son menos significativos, una de ellas se sustenta sobre el pilar djed, la estabilidad; la segunda est� apoyada en un Heh, uno de los ocho dioses que sujetan el cielo coronado por el sol y, a la vez, los millones de a�os . A ambos s�mbolos de sustentaci�n se suman sendos oferentes u orantes. El conjunto sugiere la representaci�n de una escena transcendente, en la que los personajes que rezan con la cabeza en contacto con el fruto de la solan�cea puedan estar en un trance m�stico provocado por ella y destinado a prolongar, por analog�a, la estabilidad egipcia por tiempo ilimitado.

Hasta aqu�, la utilizaci�n de la mandr�gora parece ce�ida a los ritos religiosos y funerarios, pero ateni�ndonos a la consideraci�n de que se trata de una droga de las denominadas actualmente duras, con la dependencia consiguiente que ellas crean, la sospecha de que su uso pudiera extenderse a otras actividades menos elevadas no parece gratuito. Mediante una visualizaci�n de objetos procedentes del Imperio Nuevo, considerados de uso habitual, pueden encontrase una serie de piezas variadas en cuya decoraci�n intervienen frutos de mandr�gora, de las que se citan algunas ya que una lista completa ser�a interminable

CUCHARILLAS PARA AFEITES

- Piezas nos 1747, 1708, 8025. Museo del Louvre.

- Pieza n� 42411, 37605 E. Museo de Brooklyn.

- Pieza n� 17337. �gyptisches M. und Papyrussammlung.

- Pieza n� EA 5965. British Museum.

-ADORNOS CORPORALES

- Collares de fayenza, como el del ajuar funerario de Tutankhamon (pieza n� 53a del inventario de Carter. Museo de El Cairo), y otro procedente de Amarna (pieza n� 59334. British Museum).

- Collar pintado en el archifamoso busto de Nefertiti. (Museo de Berl�n).

- Collar de Nefertari (representado en una pintura de su tumba. Valle de las Reinas, Luxor).

- Collar de oro (pieza n� 3074. British Museum).

- Anillo de Tutankhamon (pieza n� 623 60. Museo de El Cairo).

- Pectoral de Tutankhamon (pieza n� 61884. Museo de El Cairo).

MOBILIARIO (l�mparas, cer�mica y otros objetos)

- �nforas menores de 35 cm, como la procedente del palacio de Malkata (pieza n� 11. 215.460. Metropolitan Museum) y otra decorada adem�s con lotos y p�talos de adormidera (n� 882. Museo del Louvre).

- Dos peque�os botes de madera tallada (piezas n� 49.493 a, y b. Museo de Boston).

- Silla del arquitecto Kha (Museo de Tur�n).

- Ajuar de Tutankhamon una cama (n� 466); una caja de juego (n� 593); un cofre (n� 540); un fruto de mandr�gora, realizado en cristal, con el cartucho de Tutmosis III (n� 585u); piezas de alabastro (n� 210 y 578), todos estos n�meros pertenecen al inventario de la tumba de Tutankhamon hecho por Carter. Museo de El Cairo).

No terminamos aqu� con el ajuar de Tutankhamon, ya que entre los objetos encontrados en su tumba, est� la evidencia tangible de las bayas de mandr�gora en varios cestos hallados sobre las jarras de vino guardadas en el anexo (CARTER, 1976 309), y en el collar vegetal que encontr� Howard Carter sobre el tercer f�retro del rey que, examinado por L. A. Boodle y la se�ora Clement Reid, result� tener cosidos sobre el armaz�n, once frutos de esta planta cortados por la mitad (CARTER, 1976 334-335).

Aunque las alusiones al ajuar del joven rey nos lleven de nuevo al mundo funerario, hay que recordar que muchas de las piezas que lo componen pertenecieron a diversas �pocas de su vida y el uso que hizo de ellas se manifiesta en el desgaste que presentan.

Queda por determinar de qu� modo la utilizaron los antiguos egipcios para drogarse. En la actualidad se sabe que toda la planta es t�xica tanto por inhalaci�n, ingesti�n como por contacto, y que sus efectos desaparecen al poco tiempo.

Si como cabe suponer, el collar vegetal de Tutankhamon, mencionado con anterioridad, es similar a los que usaron los participantes en los banquetes funerarios durante la dinast�a XVIII, no hay duda de que los alcaloides contenidos en la mandr�gora actuaban sobre aquellas personas a trav�s de la piel.

Por las im�genes de las tumbas de Nakht (F. III) y Nebamon, donde las damas aspiran el aroma de las bayas maduras, sabemos que usaron el sistema de inhalaci�n.

Una tercera forma de administraci�n pudo ser la ingesti�n de las bayas.

Pero, hay un cuarto modo que tambi�n puede estar recogido en la iconograf�a la droga, en estado l�quido.

Un tratado de bot�nica escrito en el Siglo I d. C., aclara que en la antig�edad sab�an como, �el zumo y aroma de las bayas (de mandr�gora) hace dormir y priva de los sentidos durante tres o cuatro horas... (ya que) afecta al cerebro.... De la corteza de la ra�z verde, majada y prensada, se extrae un l�quido que debe espesarse al sol, y luego se guarda en un vaso de arcilla cocida... y puede hacerse igual con el fruto, aunque es m�s flojo� (DIOSC�RIDES 240). En el mismo tratado se aconseja secar las ra�ces colgadas para su conservaci�n y posterior uso, como anest�sico y somn�fero, macer�ndolas en vino. Majar y exprimir bayas o ra�ces... Ya tenemos idea de un sencillo m�todo de conseguir la droga en estado l�quido.

Ahora estamos en mejores condiciones para entender algunas escenas pintadas en las tumbas nobiliarias del Imperio Nuevo, donde parece haber nuevos elementos asociados al uso ritual de la droga, aunque la falta de pruebas obligue a especular bas�ndose en los indicios.

Entre las innovaciones iconogr�ficas que se llevaron a cabo en la decoraci�n de las tumbas privadas de la dinast�a XVIII, hay algunas que bien pudieron estar en relaci�n con el consumo de estupefacientes u otros agentes t�xicos. Por ejemplo, la introducci�n del banquete funerario y, dentro de �l, la aparici�n de tres detalles que cada autor trata de explicar seg�n su criterio

- Los tocados o conos funerarios, que muestran los participantes al �gape.

- Unos vertidos de l�quidos en forma de abluci�n o escanciado en copas.

- Masajes o toques corporales, realizado por las criadas sobre la piel o adornos de las damas.

- TOCADOS O CONOS FUNERARIOS.

No siempre representados de igual tama�o, color y forma, aparecieron en el Imperio Nuevo y se usaron hasta �pocas muy posteriores.

En las tumbas rupestres de El Kab, del principio de la dinast�a XVIII (1550-1554 a. C.), son rojos y tienen forma de media esfera. En el hipogeo tebano del visir Rekhmire (TT n� 100) son blancos, en forma de media esfera achatada para las damas, y m�s altos, ligeramente ovoides, para los hombres. Bajo el reinado de Tutmosis IV (1401-1391), la tumba de Zoserkaresenb (TT n� 38) nos los muestra altos, con la c�spide apuntada y amarillenta, estilo que se generalizar� durante el resto del Imperio Nuevo.

Algunos autores sostienen que los misteriosos conos fueron calabazas perforadas contenedoras de perfume; pudiera ser... Es posible que el color amarillento del modelo citado en �ltimo lugar, haya llevado a una mayor�a a suponer que se trataba de bloques de cera amasados con esencias arom�ticas que estuvieran destinados a derretirse impregnando todo el cuerpo del usuario. Esta hip�tesis es discutible, si tenemos en cuenta el deterioro que ello producir�a en las costosas pelucas, y el apelmazamiento forzoso de los lujosos vestidos que, adem�s, siempre fueron reproducidos leves y vaporosos.

Cuando se mira con atenci�n las diversas representaciones de este curioso tocado (aparentemente reservado para el ritual funerario) su aspecto no parece muy s�lido, a veces, hasta parecen lacios, y el hecho de que las sirvientas los transportaran depositados sobre platos o copas hace pensar que destilaran alg�n tipo de l�quido. Un �stracon, conservado en el Museo de Tur�n, recoge una curiosa escena de vertido de l�quido sobre un cono, motivo pict�rico que se repite en el banquete de la tumba de Rekhmire (ejecutado por la famosa sirvienta vestida de rosa representada de espaldas). Por todo ello, se descartan las teor�as anteriores, ya que sin ninguna duda, el cono era permeable, lo que posibilitaba que el l�quido derramado sobre �l fuera perfume u otro sistema de aporte continuado de esta droga que, como se vio antes, pierde pronto sus efectos.

F. IX

Tumba de Rekhmire

 

Por lo expuesto, bien pudieron ser algo semejante al postizo de fibra vegetal que Carter encontr� sobre el cr�neo de Tutankhamon, cuyo aspecto compar� con el de una corona Atef (CARTER, 1976 201) , una posibilidad muy interesante ya que el cuero cabelludo, como las dem�s zonas vellosas del cuerpo, es una de las partes id�neas de la piel humana para la absorci�n de los alcaloides por la v�a del contacto cut�neo.

 

 

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